Puerto La Cruz, una Navidad atípica

Antes que nada, comentar que he colgado aquí algunas fotos de Colombia, y también en el mismo perfil iré colgando otras de Venezuela. Si le dais a “me gusta” o lo compartís, pues bienvenido es 🙂 Os dejo con la entrada.

Cualquiera que se haya informado algo del tema, sabrá que actualmente la situación de Venezuela es notablemente peor que la de Colombia, pese a ser este último país el que se lleva toda la mala fama por su agitada historia reciente. Lo cierto es que durante años Venezuela fue un país más potente y seguro que su vecino, mientras que ahora es al revés. Por ello, yo tenía cierto temor en cuanto a viajar de Cartagena a Barcelona, ciudad donde reside mi tío situada en el oriente del país. Barcelona y Puerto La Cruz forman un contínuo urbano -algo así como Bilbao y Barakaldo-, siendo ésta última la ciudad más conocida de las dos, de ahí el título del post. En Europa sería tan sencillo como comprar un billete Cartagena-Barcelona, pero aquí un viaje que sería de una hora se convierte en una odisea de dos días. Básicamente, Maiquetía, el aeropuerto de Caracas, es el único aeropuerto internacional del país, y las conexiones son escasas y muy caras -este tema lo desarrollaré más adelante en otro artículo-. De modo que la opción del avión pasa por ir vía Bogotá y gastar varios cientos de euros, así que todo el mundo va por carretera, y si acaso luego se coge un vuelo nacional, que son infinitamente más baratos.

mapa costa colombia-venezuela

Mapa de la costa caribeña, donde se ve Cartagena, al oeste, y Barcelona, al este.

De la frontera se escuchaban todo tipo de cosas, y no eran pocos los colombianos que habían estado allá de viaje y habían tenido problemas con la policía (leer el artículo anterior). Además, se rumoreaba que la policía migratoria venezolana cierra de vez en cuando la frontera, sin motivo aparente, o del mismo modo provocan enormes formaciones de colas a la hora de sellar el pasaporte. Por todo este tema, cuando conocí a Ibelis en Cartagena, lo vi como una señal: Ibelis es una chica caraqueña que emigró hace unos años a Cartagena, donde reside. Al saber que ella iba a pasar la navidad a casa, le pedí irme con ella. Y así fue. Tras dejar la casa de Ricardo en Valledupar, puse rumbo a Maicao, donde quedé con ella y su padre, que venían de Cartagena, y cruzamos juntos la frontera. Madrugamos mucho y gracias a ello por suerte no tuvimos mucho problema en la aduana, con lo que a primera hora estábamos enfilando la carretera a Maracaibo.

La zona fronteriza no difiere mucho paisajísticamente de la parte colombiana, si bien destaca la enorme proporción de coches antiguos y algunos otros detalles. Por ejemplo, ver a cuatro (sí, ¡cuatro!) personas circulando sobre la misma moto es algo que me encontraría varias veces en el país.

En la guajira, con el coche, del año 1974, con el que cruzamos la frontera. Los coches tan antiguos son muy comunes en esa zona

En La Guajira, con el coche, del año 1974, con el que cruzamos la frontera. Los coches tan antiguos son muy comunes en esa zona. Las palmeras forman parte habitual del paisaje.

Llegamos a Maracaibo, desde donde teníamos un vuelo a Caracas. Por todo el lío de los retenes fronterizos, teníamos el vuelo a la noche, para evitar sorpresas. Así que facturamos el equipaje en el aeropuerto y fuimos a turistear al centro de la ciudad. Maracaibo es la segunda ciudad del país, por lo que tiene un tamaño considerable. Se palpa la inseguridad en el ambiente, y se refleja en los edificios. Cuando pasas por la zona de edificios de clase media-alta, no hay ni uno que no esté protegido por una alta valla electrificada. Esto es algo que también se veía en Colombia, pero ni de lejos en la misma proporción. La gente rica vive en su propia cárcel, y es seguramente el único modo posible de vivir tranquilo.

Se dice que hace mucho calor, pero a mí de hecho me pareció una temperatura bastante agradable, y desde luego un calor considerablemente más aceptable que el de Cartagena. Os dejo con un rápido vídeo de la plaza central.

A la noche cogimos el avión y llegamos finalmente a Maiquetía (Caracas), de donde fuimos a San Antonio de los Altos, pueblo muy cercano a Caracas donde tiene casa Ibelis y su familia. Recuerdo la primera impresión de las afueras de Caracas como un subidón de adrenalina. El estar en un país tan distinto, estando en la capital, que es considerada el epicentro del peligro, y recorrer todo aquello de noche era algo sumamente novedoso para mí. También daba, por momentos, la sensación de estar en un país más avanzado que su vecino, pues así lo dejan intuir la metrópoli, las autopistas (en Colombia todavía no vi ninguna), etc, si bien esto era más bien un reflejo de lo que fue, y no de lo que es. Fe de ello da lo que vi ya llegando a San Antonio: la primera cola de gente esperando. Una cola a las once de la noche… ¿para qué? pues para conseguir un saco de cemento… ¡a la mañana siguiente! Por desgracia algo totalmente habitual en Venezuela.

En San Antonio hice noche y a la mañana siguiente volé a Barcelona, donde me esperaban mi tío, su madre y su mujer para pasar la Navidad. Barcelona-Puerto La Cruz es una ciudad venida a menos. Antaño era uno de los principales lugares turísticos, donde iba la gente a la playa. Hoy por hoy el turismo no existe, prueba de ello es el deplorable abandono del hotel más emblemático de la ciudad, una enorme torre en primera línea de mar que expropió el gobierno en su día. Os recomiendo que leáis las últimas opiniones, no tienen desperdicio. La ciudad está sucia y descuidada y la inseguridad está, de nuevo, muy latente. Lo único bonito es la zona de la gente con dinero, a las afueras, conocido como Lechería. Lechería es un barrio de chalets y mansiones, algunas de las cuales se accede únicamente en barca (o yate, más bien). Una vez más, destacan los enormes contrastes en Latinoamérica.

Mi tío se mudó al campo, a las afueras de Barcelona, tras sufrir un asalto en un piso que tenía anteriormente alquilado, vigilado vanamente por seguridad. La inseguridad en Venezuela es exponencialmente mayor en las ciudades, que es donde más delincuentes o malandros, como les llaman ellos, se concentran, por lo que el campo es habitualmente un poco más tranquilo.

La casa de mi tío iba a tener dos pisos, pero quedó a medias por la enorme dificultad que presenta conseguir materiales de construcción en el país. Aún así está en buenas condiciones y bien equipada dentro de lo que cabe, especialmente si la comparamos con las casas vecinas.

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La casa de mi tío. Se pueden observar los armados en espera para la construcción del segundo piso.

En la zona no hay agua corriente, así que la gente funciona con tanques azules que colocan encima de las cubiertas, como se aprecia en la foto. Unos camiones reponen el agua cada unos cuantos días, si bien no es raro quedarse sin agua y que no te suministren. Aquí las cosas siempre se hacen ahorita. Por su parte, la electricidad se va a cada rato, e intentar coger wi-fi es como buscar a Wally, y cuando por fin lo logras, tienes que hacer malabares con el portátil para tener, por cuestión de segundos, una conexión que recuerda a nuestros queridos módems de 28ks.

El resto de casas de los alrededores, acorde con los lamentables servicios, son en general de autoconstrucción, pues son de gente muy humilde. El tema es tan exagerado que cualquiera puede comprar una de esas casas con lo que gana en España en un mes.

La casa del vecino

Aspecto de la casa del vecino

Mis días aquí fueron bastante aburridos. Alrededor de todo esto no hay más que monte árido, sin mayor interés. No hay gente con la que poder socializar. La ciudad queda a media hora en coche por autovía, el transporte público es inexistente o demasiado peligroso en el mejor de los casos. Salir de noche es un peligro innecesario ya que ni siquiera hay nada que hacer. Además, el coche de mi tío no tenía luces, y aquí a las seis anochece, y los taxis no llegan desde la ciudad. Para colmo, al ser mi tía una persona mayor, nuestra movilidad durante el día quedaba muy reducida. Vaya, todo un cúmulo de circunstancias que conformaron dos semanas anodinas. Mi rutina era: bajar con mi tío a uno de los mejores hoteles que aún quedan abiertos en Puerto La Cruz (expropiado por el gobierno, como es habitual). Aprovechar que ahí había un internet muy lento que sólo se caía dos veces por hora -o sea, casi como estar en el paraíso-, para hacer un trabajillo de arquitecto que me salió, o bien grindear; luego comer en el hotel, y cuando atardecía, volver a casa. Algún día alguna visita campestre con mi tío, y poco más. Al menos, fue gracias a la tranquilidad de estos días que me decidí a escribir por fin los primeros borradores del blog.

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Amanecer en un monte cercano. La vegetación recuerda un poco a los árboles de “El Rey León”, la sabana africana.

Estando en casa de mi tío, y como muestra una vez más de la surrealista situación del país, la primera semana tuvo lugar un asalto a más de 300 personas en una conocida playa a escasos kilómetros de casa. A plena luz del día, y con armas largas. Hasta una hora estuvieron allá los delincuentes sin mayor impedimento. Días como el de Navidad, los muertos por violencia en la ciudad se contaban por decenas, y el día de Nochevieja fue el más aburrido que pasé nunca. Básicamente es el peor día de todos para salir de fiesta, pues la gente bebe, se droga, y se vuelve demasiado peligroso. De cualquier modo, ni siquiera podía decidir esto, ya que el coche, único medio de transporte posible, no tenía luces y yo estaba en medio de la nada, así que…

Fue la primera Navidad que paso sin mis padres ni resto de familia, que suele ser mucha, lo cual lo hizo algo tristona. La morriña se acentúa singularmente en estas situaciones tan concretas; pero se acepta por ser mi propia decisión, pues es el precio que hay que pagar por estar aquí.

De lo más novedoso que conocí, fueron las hallacas, comida típica navideña de larga elaboración. Lo mismo teníamos ciento cincuenta en la nevera, y las íbamos comiendo todos los días. También las arepas, que son casi patrimonio nacional, y que se me comen a cualquier hora y rellenas de cualquier cosa. Por supuesto, en Colombia la arepa es también muy frecuente, pero a mí me gustaron más aquí.

Y eso fueron mis primeros días venezolanos, por suerte nada que ver con el resto de mi estancia. Mis sentimientos eran encontrados, pues por una parte tenía miedo de ir a Caracas, y por otra lo deseaba enormemente para poder salir del aburrimiento absoluto. Definitivamente, la vida campestre no es una vida hecha a mi medida. Y por fin, los primeros días de enero, ya cuando acabaron los días de familia de la Navidad, mi tío debía llevar de vuelta a su madre a Caracas, y a mí con ella. Pero eso será otro capítulo…

Os dejo con otro de los temas más habituales por aquí, aunque éste me huelo que se oirá también por España…

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Próxima entrada: Caracas, la jungla de cristal

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2 comentarios en “Puerto La Cruz, una Navidad atípica

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