Viajando por un paraíso: Canaima y Orinoco (I)

Y llegó el momento del viaje. Una vez me establecí en Caracas y me di cuenta de que buscar paquetes de viajes en las agencias era un esfuerzo estéril, me lancé a la aventura. Nunca he sido de esas personas que compran paquetes de viajes, pero en un país tan inseguro y sin saber dónde me iba a meter, me pareció la mejor opción. Sin embargo, visto que comprar paquetes en las agencias era tan complicado, y que el instinto me alentaba a continuar, decidí que lo haría como fuere, con o sin paquetes.

Venezuela es un país que por su condición está “virgen” en cuanto a turismo. Éste es casi inexistente en comparación a lo que podría llegar a ser, y fundamentalmente de carácter nacional. Es un país que no se han molestado en explotar, y eso lo hace especialmente interesante. Sin duda un destino totalmente recomendable el día que mejore algo el tema de la seguridad. Unos parajes naturales fuera de serie y de todo tipo: Montaña, playa, selva, desiertos, ríos, islas, sabana… una auténtica pasada de sitio que hacen del país el mejor de cuantos he explorado (y he visitado unos cuantos).

Venezuela general

Mapa general del país. El Orinoco es el río que lo cruza, pasando por Puerto Ayacucho, Ciudad Bolívar y Ciudad Guayana (conocida también como Puerto Ordaz). Al sur del río queda la selva amazónica, y al sureste la Gran Sabana, alrededor de la carretera que va de Ciudad Guayana a Boa Vista (Brasil).

El primer destino sine qua non iba a ser Canaima: Canaima es el pueblo indígena que queda junto al Salto Ángel y que da nombre a todo el parque natural. El Salto Ángel es posiblemente el destino turístico más conocido de Venezuela. Se trata de la Cascada más alta del mundo, con 1km de altura. Y se encuentra al sureste del país, cerca de la Guayana y de Brasil.

Pensé que desde el punto de vista de la seguridad un destino muy turístico y muy alejado de los grandes núcleos poblacionales iba a ser ideal para perder el miedo. Así que después de semanas malgastando el tiempo mirando paquetes de viaje, me compré un vuelo de un día para otro hacia Puerto Ordaz, la última ciudad antes de la selva y la sabana. Salí a las seis de la mañana de Caracas para no tener problemas en encontrar alojamiento, y no tener que llegar a una ciudad desconocida de noche. De Puerto Ordaz salen los vuelos a Canaima, y ahí en el mismo aeropuerto pregunté. Tuve la enorme suerte de encontrar uno un par de horas más tarde, así que a medio día ya estaba en Canaima. Y ahí me metí en uno de los grupos que suben, mediante culiaras (canoas, para nosotros) río arriba hasta llegar al Salto Ángel. Así que el mismo día que salí de la capital, dormí a los pies de la cascada. El vuelo hasta Canaima, en avioneta, una pasada también. Nunca había estado tan cerca de la cabina de un piloto…

No me equivoqué en cuanto a la elección de mi primer destino: Canaima es un pueblo que no tiene absolutamente que ver con el resto del país, un pueblo mágico muy tranquilo y cuyo único inconveniente es el precio, que es lo más caro que se puede encontrar en Venezuela (aunque sin duda sigue siendo barato para los extranjeros). Es además de los pocos lugares donde se ven turistas, así que sin duda pude disfrutar con absoluta tranquilidad. Y el lugar, pues increíble. Junto al pueblo, una laguna de agua dulce con cascadas y palmeras, y los tepuyes de fondo.

playa Canaima

La playa de Canaima

Los tepuyes son unas formaciones montañosas muy particulares que existen sólo en esta zona. Hay algunos en Guayana y Brasil, y la mayoría de ellos están en Venezuela. ¿Y qué tienen de particular? Pues imaginaos una montaña de un par de miles de metros, pero en lugar de ser un pico, fuera una gran meseta. Es decir, como si hubieran cortado la montaña en horizontal, por arriba, y en vertical por los lados. Lo cual da lugar a una pared totalmente vertical altísima. En realidad no son planos del todo, pero a efecto visual sí. Y de uno de estos sale el Salto Ángel.

Auyantepuy

El Auyantepuy, del que sale el Salto Ángel

El camino desde Canaima hasta la cascada, espectacular. Te llevan río arriba cuatro horas bordeando el Auyantepuy. Este tepuy es tan grande, que la gente piensa que son varios de ellos, pues hay ratos en los que ves el tepuy a ambos lados del río… pero en realidad es siempre el mismo. Y finalmente llegas a la cascada:

Salto Angel india pemona

Salto Ángel en Febrero

La chica nos la encontramos por allá… no, no es una india, aunque lo parezca. En el parque natural Canaima viven los indios pemones, y esta chica iba disfrazada así para publicitar a una agencia de viajes. Siento desilusionaros, pero al menos los indios que yo vi, no iban en taparrabos. Me imagino que más adentro en la selva sí irán así, pero Canaima es un pueblo demasiado turístico para eso. Tan turístico, que a que no adivináis de dónde es el cura de Canaima…¿?

¡Pues es catalán! ¡Yuhuu! ¡Encontré un español! Al principio pensé que era otro turista, y luego hablando con él me di cuenta de la asombrosa nueva… y digo asombrosa porque es bien raro encontrar españoles viviendo aquí. En Venezuela apenas conocí a tres españoles que estaban aquí “permanentes”. Y ninguno en condiciones normales… Pero como os dije, Canaima es un pueblo muy seguro y que poco tiene que ver con el resto de país. Así que ya sabéis, si algún día decidís viajar allá, tenéis un compadre que os puede echar un cable. Decidle que vais de mi parte… según me dijo soy el segundo mallorquín que pasa por ahí en varios años.

Os dejo aquí un vídeo resumen de lo que es el camino por el río:

Y ya va, ya hablo de la chica… hubiera sido una desconocida más de no ser porque coincidí con ella y sus amigas al día siguiente al bajar al campamento. Pasamos otro día visitando el lago y otras cascadas del lugar, y teníamos el mismo vuelo de regreso a Puerto Ordaz. Yo pensaba hilar este primer viaje con otro en el delta del Orinoco -si lo veis en el mapa, queda a unas horas de viaje al nordeste de esa ciudad-. Como me vio cara de extranjero un poco perdido, tuvo la amabilidad de invitarme a su casa en Puerto Ordaz, y ahí me quedé un par de días mientras organizaba el siguiente viaje. Asímismo invitó a Stephanie, una canadiense que andaba también algo perdida, y con la que coincidiría más adelante. Un alivio, sin duda… pues llegar a una ciudad desconocida en este país sin ningún contacto es algo inquietante.

Finalmente consigo reservar dos noches en un campamento del delta y salgo por la carretera a Maturín en un coche compartido (“oficial”) que cojo en la estación de Puerto Ordaz. A mitad de camino me bajo en una gasolinera y ahí me recoge un warao del campamento. Los warao son la tribu indígena que habita en el delta del Orinoco.

Cuando uno piensa en el delta de un río, supongo que se imagina en el final de su cauce, en la desembocadura, donde el río es más grande y caudaloso. Sin embargo, si habéis estado en algún delta de un río medianamente grande, pongamos el Ebro en España, sabréis que el delta es mucho más que sólo el caudal principal del río, y tiene como veinticinco kilómetros.

Bien, ahora imaginaos el Orinoco, que es el tercer río más caudaloso del planeta. El delta del Orinoco es aproximadamente del tamaño de… ¡Bélgica!, y tiene muchas ramificaciones. Así que propiamente no diría que estuve en el delta del Orinoco, si no en una pequeña parte de éste. El cauce principal del río quedaba muy lejos de hecho, y es que esa zona queda muy lejos de la civilización. Como otros muchos lugares del país, es una zona casi virgen.

Pues bien, llego hasta un pueblo llamado San José de Buja, que queda al pie de uno de los ramales del río. En este pueblo ya son todos warao, pero no estamos aún en plena selva. Aún llega la carretera, y se ve un pueblo como cualquier otro. Es el último lugar “civilizado”. A partir de ahí, el transporte se realiza por meandros en canoa, como se ve en el vídeo.

Una vez te adentras en el río, los asentamientos que se encuentran son las casas de los indios que se encuentran arbitrariamente a lo largo del río, hechas de madera, sobre palafitos, y cubiertas con hojas de palma. El campamento, muy integrado, resulta ser un grupito de unas cuantas cabañas de estas. Eso sí, con camas en lugar de hamacas, mosquiteras, baños y duchas, y electricidad.

cabaña Orinoco

Mi cabaña en el Orinoco

El lugar, como es habitual en el país, una pasada. Es probablemente lo más alejado que he estado de la civilización, y es que eso es naturaleza pura. Demasiado pura, diría yo. Las fotos son muy bonitas, pero si tuviera que vivir ahí un mes me volvía loco con los bichos. La solución es ponerse de largo siempre, pero en un clima tropical la verdad que no apetece. El problema es que no son solo mosquitos.

La cosa era tal que así: durante el día, tienes las llamadas “golofinas”. Son una especie de escarabajos negros voladores, muy pequeños, del tamaño de la uña del dedo meñique de la mano. Estos bichos están por todos lados y se alimentan gustosamente de tu sangre. Son peores que los mosquitos, básicamente porque el repelente les da igual , así que tu única defensa es el manotazo limpio. Si tienes mala suerte y, como yo, estrellas uno de esos en tu camisa blanca, pues a lavar un buen charco de sangre… Imaginaos lo que es meterse en la ducha (que está obviamente al aire libre) y encontrarse a veinte de estos esperándote…

Cuando cae la tarde, las “golofinas” ceden amablemente su sitio a los mosquitos, que vienen fresquitos, recién levantados, a masacrarte. Y así día tras día. El primer día tuve la magnífica idea de irme por ahí en kayak yo solo. Cuando estaba ya lejos del campamento empezaron a seguirme unos cuantos bichos voladores de estos tocapelotas, zumbándome los oídos. Nunca había remado tan rápido… para volver al campamento claro. El único momento tranquilo del día es cuando te echas en la cama tras la mosquitera. A los dos días mis pies presentaban un aspecto horrible, sin un solo centímetro sin picadas. Tardaron en irse un mes.

DSC_0174

Aspecto del río y las cabañas warao

La fauna es muy exótica: varios tipos de monos, tucanes, caimanes, delfines, guacamayas, e infinidad de pájaros de todo tipo. Hasta jaguars hay, aunque es difícil verlos, pues se mantienen alejados de los humanos. Cada día teníamos un pajarraco distinto haciéndonos compañía en las mesas del campamento, donde comíamos.

Otro día estuvimos pescando pirañas, esos pececillos tan monos que salen en las películas. Que al fin y al cabo, viven un poco del mito. Las pirañas sólo son peligrosas si tienes una herida abierta y tienes la mala suerte de encontrarte un banco de ellas. Sin embargo, de normal, se alejan de los humanos. Doy fe, que estuve más de una hora intentando pescar alguna y ni modo. También salimos una noche en busca de caimanes. Un warao lleva la canoa mientras otro permanece en la proa silenciosamente con una linterna. En cuanto ve lucir los ojos del caimán, la canoa se acerca. Ellos saben, por la distancia entre ojos, si se trata de una cría o un caimán grande (que sería obviamente un peligro). Se acercan y, en un ejercicio de inverosímil agilidad, lo atrapan.

Caiman

Sujetando un caimán

Y en cuanto a los indios, pues viven de lo que pescan y recolectan por la selva. Se asean y hacen sus necesidades en el río, y duermen en hamacas colgadas en sus cabañas. En la zona donde yo estuve tienen cierto contacto con la civilización, y a los turistas del campamento les venden artesanía. Por ello, visten con ropa moderna y algunos de ellos hablan español. No así los niños o las mujeres, que en general hablan sólo warao.

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Con dos niñas warao

Tres días estuve en el Orinoco. Luego me dirigí a la ciudad de Maturín para coger de nuevo un autobús hasta Puerto Ordaz, donde iba a enlazar con mi siguiente viaje: La Gran Sabana y Brasil. Llego a la tarde a Puerto Ordaz, donde me espera de nuevo Geraldine (la “india”) y sus amigas. A las dos de la mañana debo estar en una rotonda para entrar en el autobús que viene de Caracas hacia la Gran Sabana, al sur. Hago tiempo hasta las dos. Sin embargo, llamo al guía y no me cogen el teléfono. La cobertura en el campo en este país directamente no existe. Tampoco me avisan de que vayan con retraso. Voy con Laura, una de las amigas, en coche hasta la rotonda donde debo encontrarles, pero el autobús no aparece. Debo esperarles ahí, pero… esperar a las dos de la mañana con mi mochila en medio de la nada es un poco locura… poco menos que regalarle mis pertenencias al ladrón de turno. Me veo en una situación bien complicada… que explicaré en la siguiente entrada.

Más fotos aquí.

——————————————————————————————————————————————— Próxima entrada: Historias del país de la locura (I)

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9 comentarios en “Viajando por un paraíso: Canaima y Orinoco (I)

  1. buenisimo, soy venezolano y aun no he ido a la gran sabana 😦 una pena por que todos dicen que es muy bello pero es que esta terriblemente lejos, gracias por tomarte el trabajo de compartir tus viajes por aqui, es admirable.

    saludos

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  2. @ Jose, gracias, me alegro de que te guste. En realidad la Gran Sabana propiamente es otro viaje, en la próxima entrada lo comentaré =)

    @ Juancito gracias! viajo con una mochila, por lo que en realidad mi ropa de fiesta es la misma que mi ropa de ir a la playa, para entendernos xD Y más cuando estoy de viaje,,, el día que toca camisa, toca camisa! jajaj

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  3. Pingback: Viajando por un paraíso: Gran Sabana, Brasil e Isla Margarita (II) |

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