Historias del país de la locura (II)

Lo prometido es deuda, así que aquí os traigo la segunda entrega de esta peculiar saga.

10. Las bujías colgantes. Algunas de las principales vías rápidas de Caracas pasan, como es normal, por varios de los barrios marginales. De hecho, en varios lugares pasa que la vía divide el barrio en dos, y como es una vía rápida, pues el paso de un lado a otro se realiza por puentes. Pues bien, es habitual que los malandros se suban a estos puentes, especialmente a horas intempestivas, para asaltar vehículos con el siguiente modus operandi: cogen una bujía y la atan a un hilo colgante. Dejan caer el hilo hasta la altura aproximada del parabrisas del coche, y esperan a que pase la víctima. Por supuesto, si vas a algo parecido a 100 km/h, ese obstáculo no lo ves, y de verlo, no tienes tiempo a reaccionar. El resultado suele ser siniestro total, o en el mejor de los casos, que te rompan el parabrisas entero y tengas que parar tu vehículo. Momento que nuestros apreciados malandros aprovechan para bajar a la autopista y darte la bienvenida a su querido barrio.

Chavez autopista

Autopista típica que atraviesa un barrio popular, y un puente cualquier que pudiera servir para lo que explico

11. Siguiendo el mismo esquema, existen otros métodos. Como por ejemplo el que se encontró mi tío un día volviendo de trabajar por una carretera de curvas, pero de estas que aún puedes mantener una velocidad medio alta. Estaba ya anocheciendo, cuando, en una curva muy cerrada y yendo a una velocidad considerable, se encontró un tronco atravesado en medio de la calzada. Por supuesto, no tuvo tiempo a reaccionar y se comió literalmente el tronco, destrozando los bajos del coche y a duras penas consiguiendo mantener el vehículo dentro de la vía. Pero mi tío, que es pícaro y se las sabe todas, no paró. Siguió adelante con el coche medio roto y el susto en el cuerpo. Y curiosamente, unos metros más adelante, oculta tras la curva, en un camino de tierra que salía hacia la izquierda, se encontraba una furgoneta parada y con las luces apagadas. La cosa por suerte acabó ahí, o por desgracia, la del siguiente conductor…

12. Similar problema tuvo mi tío en uno de sus habituales viajes de trabajo a Ciudad Bolívar. Las carreteras, como ya os he comentado en diversas ocasiones, no son nada seguras, y ésta es una vía larga con zonas que pasas en la más absoluta soledad. En uno de estos tramos mi tío rompió el motor de su coche. Pero, en lugar de parar y llamar a la grúa como haríamos en España, y en acto de rebeldía temiendo por su seguridad, siguió adelante con el motor renqueante, hasta encontrar una estación de servicio, varias decenas de kilómetros más adelante. Hasta ese punto se llega con tal de evitar pararte en la carretera.

13. Del mismo patrón es el caso que ya conté en otro artículo de una conocida miss venezolana. De ahí que la gente no se atreva a parar, sea cual sea el problema…

Mónica Spear, sé que queríais verla

14. Por lo mismo, no es raro verse envuelto en un atraco, o lo que es peor, meterse voluntariamente en uno, como se le ocurrió a mi tío. Imaginaos: bajas del coche y entras en la panadería de turno a comprar el pan del día. Abres la puerta, ote diriges al mostrador y… te encuentras a dos hombres apuntándote con un arma y diciéndote que te tires al suelo. Por suerte la cosa se quedó ahí, pero ya sabéis lo que vale la vida en este país…

15. Geraldine, la “india” que me acogió en Puerto Ordaz, tuvo dos casos de intoxicación con burundanga. Una droga muy poderosa que desgraciadamente está muy extendida, en Venezuela y sobre todo, en Colombia. Dicen que esta droga “anula tu voluntad”. Es decir, lo que ocurre, es que cuando te drogan con esto sencillamente dices que sí a todo y haces todo lo que te pidan. No tienes poder de decisión, ni siquiera consciencia de lo que haces, y tampoco memoria una vez desaparece su efecto. La gente regala su coche, lleva a los malandros de turno a su casa, les da los números de las tarjetas de crédito… sin oponer resistencia. Por supuesto, para las mujeres es aún peor porque además vas a dejar que te violen, si es lo que quieren. Para colmo, la droga es incolora, inodora, e insípida. Vaya, que lo tiene todo. Tarda en actuar como unos treinta segundos, y tu única posibilidad de defensa es que en esos segundos seas capaz de ver que te está pasando algo y conseguir ayuda de algún modo.

Geraldine y amigos

Con Geraldine, Stephanie y otro amigo francés de Geraldine en el parque La Llovizna, en Puerto Ordaz

Pues bien, la primera historia nos pone a Geraldine esperando para sacar dinero en un cajero. Delante, una viejecita que parece que no se aclara con su tarjeta, y le pide ayuda a nuestra protagonista, diciéndole que no consigue sacarla. Geraldine se acerca e intenta sacar la tarjeta, y es entonces cuando empieza a notar una sensación extraña. Rápidamente se pone a gritar y a correr como una loca, y tiene la suerte de encontrarse a un buen hombre que la recoge y la ayuda. Lo siguiente que recuerda es estar en comisaría declarando.

16. La segunda historia ocurre tiempo más tarde, cuando ella llama a un hombre que anuncia clases de conducir en el periódico. Queda con él a las afueras de un estadio de fútbol. Las afueras de los estadios suelen ser lugares poco concurridos, con caminos de tierra, un lugar que parece lógico para aprender a conducir sin meterse en problemas. El hombre empieza a tirarle los trastos desde el principio, a lo que ella hace caso omiso. Después de un rato, empieza a ponerle la mano en la rodilla… y cuando se quiere dar cuenta la ha tocado con un pañuelo o algo así y ella se empieza a encontrar rara. Como es consciente de la existencia de esta droga y la situación le empieza a parecer muy extraña, entra en pánico y decide abrir la puerta y tirarse del coche en marcha. Afortunadamente, a pesar de ser un camino por donde nunca pasa nadie, justo en ese momento venía un coche más atrás, que la recoge y la ayuda. Y por suerte, salió sin lesiones considerables. Welcome to the madness’ country.

17. Cuando estuve en Margarita me quedé en una posada en El Yaque. Nuestro casero era un húngaro que llevaba veinte años en la isla. Esta historia le había ocurrido hacía apenas unos meses: bajó, como nosotros hicimos, a uno de los bancos principales de Porlamar, la capital de la isla -de hecho, fuimos exactamente al mismo banco-. Once de la mañana, día entre semana. Sale del banco y coge su coche para dirigirse a su posada. A mitad de camino, aún en Porlamar pero ya en un barrio de las afueras, lo paran unos malandros en un semáforo y a punta de pistola le piden el dinero y el pasaporte. En un acto súbito, su reacción es negarse a darle nada al malandro que le encañona, y éste, ni corto ni perezoso, le mete un tiro en la espalda. Ya desangrándose, el malandro le apunta con la pistola en la cabeza y aprieta el gatillo. Y entonces… ¡oh, sorpresa! se quedó sin balas. Dada la situación a plena luz del día, los malandros huyen y le dejan ahí. Mi casero tuvo la suerte de salvarse. Nos enseñó la cicatriz de la bala.

18. Quizá esta última historia fue la que, por cercanía, más me impactó. El caso de Fernanda. Fernanda y Dgisa son como uña y carne. Prácticamente cada vez que salía con Dgisa, venía Fernanda también, así que tuvimos bastante relación. Fernanda vive en El Llanito, un barrio muy cercano a Petare, y que, dicho sea de paso, está lleno de cuestas. Algunas veces Dgisa venía a buscarme en coche a casa y luego íbamos a buscar a Fernanda a la suya. De hecho, en dos ocasiones fuimos a las tantas de la madrugada volviendo de fiesta a dejarla en casa, así que es un sitio que yo conocía.

Pues bien, a Fernanda la secuestraron el pasado 2014 en su propia casa. Un mal día llegó a su domicilio y se encontró a un hombre que preguntaba por ella. Ella le confirmó su identidad, y acto seguido el hombre, junto a sus compinches, procedió a encerrarlas, a ella y a su abuela, en su propia casa. Los malandros llevaban fusiles de asalto, ametralladoras y granadas. Una vez todos dentro, desvalijaron la casa entera y se llevaron su coche. Por suerte, todo quedó “en un susto”, y no hubo que lamentar cosas peores. Dramática experiencia sin duda, que en realidad, y por desgracia… le puede pasar a cualquiera en Caracas.

cenita con Dgisa y Fernanda

De cena con Dgisa y Fernanda

Y bueno, con esto acabo la saga. Existen otras muchas historias, pues como os digo, en este país todo el mundo tiene la suya, pero éstas fueron sin duda las que me pillaron más cerca y más me impactaron.

Os dejo otra champeta colombiana, que sé que os gustan:

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Próxima entrada: Viajando por un paraíso: Los Andes (III)

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Un comentario en “Historias del país de la locura (II)

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