Viviendo del poker en Medellín

Como comentaba en el anterior artículo, mis primeras semanas como “profesional” del poker se hicieron duras. Esperaba meter muchas horas el mes de abril, en plan “época de exámenes finales”, y empezar en mayo en NL 100 cómodamente. Sin embargo, no conseguí batir NL 50, frustrándome y dedicándole un montón de horas más. No perdía dinero, pero tampoco ganaba lo suficiente. Y a Ricardo tampoco le iba mucho mejor, por lo que había una sensación general de frustración en el piso. Y así pasó mayo también, con altibajos en el juego y una montaña rusa de ganancias y pérdidas.

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Vistas desde mi edificio. La universidad de Medellín, con un cerro al fondo

Para colmo, descuidé mi vida social, consiguiendo que se me hiciera aún más duro. No fue hasta junio cuando empecé a ver, aún con muchas dudas, signos de mejora en el juego, mes también en el que me forcé a salir de casa, conocer más gente, apuntarme a clases de salsa, etc. ya que la situación era insostenible, y tampoco tenía la certeza de que fuera a batir el nivel pronto.

Entre partida y partida, di algunas vueltas por los alrededores de la ciudad, alguna que otra visita a las zonas turísticas, y no tan turísticas, unas cuantas noches de fiesta… en Medellín se puede hacer vida perfectamente normal, simplemente teniendo algo de cuidado por las noches en según que zonas. Deben evitarse zonas solitarias, y extremar las precauciones cuando conoces a alguien en según qué contexto… sin duda, lo más preocupante para mí, era saber que Medellín es uno de los principales lugares donde se utiliza la escopolamina para robos, violaciones, etc. Y zonas como el Parque Lleras son blancos fáciles para los delincuentes, pues saben que está lleno de turistas con dinero. Conocí algún que otro caso de colombianos a los que habían asaltado con esto. Aún así, no nos alarmemos: ni color con Caracas. Si la gente me pregunta si es seguro visitar Medellín, digo que sí, sin atisbo de duda. Los niveles de violencia y delincuencia son asumibles. Y por supuesto no opino igual del país vecino, pues la diferencia entre ambos a día de hoy es abismal.

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Con la gorda de Botero, esta vez en Medellín

Luego, vivir en el barrio estudiantil en el que estaba, incluía también alguna anécdota esporádica: un día estaba en el salón de mi casa (un piso trece) con Ricardo, cada uno mirando sus cosas en el ordenador, cuando empiezo a oler a quemado. Mi primera reacción es mirar el enchufe, pues pienso que se está quemando algo. Nada de nada. Rápidamente el olor aumenta, y me levanto asustado a ver los fogones, pero están apagados. Empiezo a notar sensación de asfixia, por lo que corro hacia la ventana para que entre aire fresco y ver si hay un incendio en el piso de abajo o algo así. Abro la ventana de par en par y… entra en casa una bocanada de aire cargadísimo que hace que los dos empecemos a toser y llorar mientras respiramos con dificultad. Ya muy asustado salgo al pasillo (que está al aire libre), y veo a varias personas ahí con un pañuelo en la cara, a la vez que vislumbro un humo blanco cerca de mi edificio y oigo varios petardazos: resulta que había una manifestación estudiantil y la policía les estaba lanzando gas pimienta para “contenerlos”. Esa cosa llegaba, y de qué manera, hasta el ¡piso trece!

Este episodio todavía ocurrió otra vez más, por suerte sin mayores complicaciones.

Durante mi estancia en Medellín, tuve la suerte de recibir otras dos visitas desde España. Esta vez fueron Max y Paula, ambos estudiaron arquitectura conmigo en Barcelona. Más o menos a la vez que yo dejé España, ellos viajaron al Caribe… ¡en barco de vela! Sin duda os recomiendo el blog de Paula si os gustan estas historias. Ella lleva ahora varios meses viviendo en un barco.

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Con Max y Paula en la Comuna 13

Cuando llegaron a mi casa en Medellín, llevaban tiempo vagando por los países del Caribe. Por lo que parece, llevamos vidas paralelas. La verdad es que si miro atrás, pocos compañeros de universidad se han quedado en España, y muchos de ellos ni siquiera se dedican a la arquitectura, lo que da una idea de la debacle laboral de la juventud universitaria, y sobre todo de los jóvenes arquitectos, en nuestro país…

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Visitando el espectacular Jardín Botánico, al lado de casa

Su visita me vino bien para acabar de conocer Medellín. Aproveché para visitar varios parques, y la facultad de arquitectura, curiosamente coincidiendo con un arquitecto español que daba el mismo día una conferencia.

Visitamos también los cerros de San Javier y Santo Domingo. La disposición de la ciudad a lo largo de un valle, hace que los barrios pobres estén todos situados en las laderas, que son las zonas más apartadas del centro. El valle en sí tiene partes más y menos buenas, pero si subes hacia la montaña no falla, son todo cerros. La verdad que tenía cierta curiosidad por ver desde dentro un barrio de estos. Sabía que iba a ser distinto de lo que era el barrio de Olaya en Cartagena, pues por tamaño y morfología de la ciudad, los barrios aquí han estado, durante años, mucho más desconectados del centro.

Sin embargo, los últimos años eso cambió gracias a los avances en la lucha contra la guerrilla y el narcotráfico, y una serie de reformas políticas y urbanísticas, y de hecho, Medellín es una ciudad que había estudiado en clase de urbanismo en la facultad como ejemplo de renovación.

Básicamente las reformas son: hacer llegar al metro hasta estos barrios. El metro, que en Medellín no va bajo tierra sino en una estructura en altura, se convierte en los cerros en el “metrocable”. Es decir, pasa a ser un teleférico que conecta rápidamente las zonas más alejadas con la ciudad. También se han arreglado algunas de las calles principales que conectan con el centro, y se han añadido escaleras mecánicas. Y al mismo tiempo, se dedicaron una serie de equipamientos de primer nivel en el centro de dichos barrios, tales como bibliotecas, escuelas…

Estos barrios son a día de hoy lo más “peligroso” que puedes encontrar en la ciudad, y sinceramente, pudimos pasear por ellos sin problemas durante el día y sin un sentimiento de inseguridad. La misma gente de Medellín te va a contar lo inseguros que son, pero en realidad, la mayoría de los que te dicen eso, nunca visitaron siquiera un barrio de estos. Seguramente hace unos años serían otra historia, y bueno, está claro que no me quedaría a vivir ahí, pero pienso que al menos las zonas más accesibles se pueden visitar. Estos barrios tienen, curiosamente, una vida que no encuentras en el resto. Las calles llenas de gente, la música sonando en cada casa, en cada esquina… recuerda un poco a zonas como El Vedado, en La Habana.

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Metrocable al barrio de Santo Domingo. Arriba, la biblioteca España

También salimos de fiesta y conocimos el “Tibiri”, famoso bar, sin calefacción, donde acabé yendo a clases de salsa.

La fiesta en Medellín, en la línea habitual. Aquí en las discotecas, el rollo cambia un poco respecto a España. El modus operandi es: cada uno va con su grupo de amigos, se sienta en una mesa, piden una botella de lo que sea, y luego bailan de vez en cuando, preferiblemente con gente el mismo grupo.  Uno está obligado a consumir, como mínimo, media botella de licor. Es algo más difícil por tanto establecer relación con gente que está sentada, y el aspecto de las discotecas es siempre una zona de mesas, y otra zona vacía entre las mesas para el baile. Nada de pedir un cubata en la barra, bailar una, e irte al pub de al lado. Aquí entras, consumes tu botella, y te quedas la noche entera. Por supuesto, las botellas salen más baratas que en España, pero en la práctica salir de fiesta acaba siendo más caro, por la simple razón de que en España ni yo, ni ninguno de mis amigos, compraría jamás una botella en una disco.

Lo otro que cambia, como ya pasaba en Cartagena y Caracas, es el tema de las prostitución. Lo de las prepago en Medellín era mosqueante, dado lo extendido que está. Hasta Ricardo, que en un principio al hablar del tema me miraba con escepticismo, acabó dándome la razón. Especialmente en las zonas más turísticas, como el Parque Lleras, donde las mujeres buscan una presa fácil con la que hacer noche. Como anécdota, Ricardo y yo una noche estuvimos tomando algo con dos chicas, en plan amigos. Al cabo de unas semanas, nos encontramos a una de ellas… trabajando de prepago. Vaya, que se ve que la conocimos en su día libre. Y esto es algo relativamente habitual.

Diría que la música es otra de las cosas que cambia en Colombia, pero… al volver a España me he dado cuenta de que el rollo “latino” ya se ha puesto de moda en todas las discotecas, por lo que salvo la champeta y el vallenato, la música es más bien parecida. Eso sí, nada de dance o similares.

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De fiesta en la 33. Con Karen y Ricardo

Finalmente, en cuanto al poker, conseguí batir las mesas de 50 dólares justo antes de mi vuelta a España a final de julio. Ese mismo mes conseguí localizar a varios jugadores de mid-high stakes, tras descubrir que había una comunidad de jugadores (gringos) de poker en la ciudad, gracias al foro de 2+2… lástima no coincidir antes con ellos, porque supongo que la historia hubiera sido distinta. Son esos jugadores veinteañeros que van viajando por el mundo mientras viven, ellos sí, como auténticos reyes. Una noche estuve en la casa de uno de ellos: un ático en dúplex en lo alto de una torre de El Poblado. Un piso enorme con jacuzzi, terraza, etc. en el que tenían hasta chef personal. Suerte que ellos no tienen un blog para contarlo, porque si no abandonabais el mío rapidito…

Aquí un vídeo de un día que fuimos a ver un Colombia-Argentina de la Copa América. Lástima que no grabé el momento de los goles, que era una auténtica locura. Sorprende que hasta las mujeres son fanáticas del futbol, algo poco frecuente en mi país.

Mi despedida de Medellín para volver a España fue agridulce. Por una parte, conseguí el objetivo de batir el nivel, y económicamente hablando, el viaje ha sido un éxito: he vuelto con más dinero del que salí de mi país. Sin embargo, no aproveché lo suficiente el haber vivido en esa ciudad, a cambio, eso sí, de conseguir una comodidad económica.

Y para acabar os dejo con esta famosísima canción, grabada en la comuna 13, San Javier. Supongo que ese barrio no le pega a Enrique Iglesias ni con cola, pero en fin, ahí está.

Os dejo más fotos aquí 🙂

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Un comentario en “Viviendo del poker en Medellín

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